Facturas, impuestos y un pérdidas y ganancias correcto.
Contabilidad analítica de verdad: qué gana cada local, cada línea de negocio o cada canal por separado. Ni un plan de cuentas montado como piensas tú.
Miro tu negocio, te digo dónde se te está escapando el dinero — y después construyo lo que haga falta para que lo veas todos los días. Yo mismo, no un equipo que no te conoce.
Estas cuatro son una muestra reducida, con datos inventados. Los paneles que uso a diario van mucho más allá, y no puedo enseñarlos porque llevan datos reales. El tuyo se construye sobre tus números, tus fórmulas y tus alertas — y se amplía con lo que necesites: usuarios y permisos, avisos al móvil, informes automáticos y conexión con el programa que ya usas.
Con las herramientas que hay hoy, sacar adelante una aplicación está al alcance de mucha gente. La inteligencia artificial ha abaratado construir; no ha abaratado saber qué construir.
Por eso más del 70 % de las implantaciones de software en empresas no acaban cumpliendo lo que prometían. Casi nunca falla la tecnología: falla que nadie definió antes qué había que resolver. Ese trabajo —sentarse con el dueño, entender cómo gana dinero de verdad y decidir qué merece la pena construir y qué no— es el que hago antes de escribir una sola línea de código.
Hay dinero moviéndose todos los días y datos que nadie mira. Lo único que cambia de un negocio a otro es cómo se llama la fuga.
Vendes en tu web, en Amazon, en Leroy Merlin, en ManoMano… y cada uno se queda una comisión distinta.
Cobráis a mano, con descuentos, propinas y efectivo. La caja nunca acaba de cuadrar del todo.
Sabes lo que ha entrado hoy en caja. Lo que te cuesta cada plato, con la materia prima de esta semana, no.
Tienes tarifas pactadas con tus proveedores. ¿Alguien comprueba, factura a factura, que se cumplen?
Entran contactos por los portales, por la web y por el teléfono. Y algunos no los llama nadie.
Demasiados clientes, demasiados documentos y demasiados plazos para el tiempo que hay.
¿No está el tuyo en la lista? Llámame igual. Si en tu negocio se mueve dinero y hay datos que nadie está mirando, hay fuga. Lo único que cambia es dónde se esconde.
Ocho preguntas de un clic, unos 50 segundos. Sin subir ningún dato tuyo y sin dejar el teléfono.
| A | B | C | D | |
|---|---|---|---|---|
| 1 | Producto | Ventas | Coste | ¿Margen? |
| 2 | Manguera 30 m | 8.240 | 6.180 | 2.060 |
| 3 | Comedero 6 L | 7.190 | 4.890 | 2.300 |
| 4 | Brocas titanio | 3.015 | 2.410 | #¡REF! |
| 5 | Aspirador | 6.720 | #¡VALOR! | |
| 6 | TOTAL | 25.165 | 13.480 | =SUMA(D2:D5) |
Sin comisiones de marketplace. Sin portes. Sin devoluciones. Sin medios de pago. La actualizas cuando te acuerdas, y el mes pasado alguien rompió una fórmula.
Resultado: crees que ganas 11.685 €.
Realidad: ganas 4.877 €. La diferencia son 6.808 € que creías tener y no tenías.

Programador de formación, empresario de oficio. Doce años vendiendo en Amazon y marketplaces, barberías, una inmobiliaria — y todo el software que uso en ellas, hecho por mí.
Me llamo Richard Adrada Guzmán. Estudié dos grados superiores —administración de sistemas y redes, y telecomunicaciones— y acabé montando empresas en lugar de trabajar para otros. Hoy llevo tres que no se parecen en nada: un ecommerce que vende en su propia web y en cinco marketplaces, barberías en Benalmádena y una inmobiliaria en Málaga.
Esa es la combinación rara: hay programadores que no han tenido nunca una nómina que pagar, y hay empresarios que no pueden abrir el capó. Yo hago las dos cosas — y en los marketplaces me ha tocado ver cambiar las reglas varias veces, siempre con el dinero de mi empresa de por medio.
Y como todo el que lleva un negocio, me topé con lo mismo: el dinero se mueve todos los días y la foto llega tarde. El programa de facturación factura. El contable contabiliza. El marketplace liquida cada quince días. Y ninguno contesta la única pregunta que importa cada mañana: ¿esto me está dejando dinero, o no? Cuatro programas distintos que no se hablaban entre ellos, y ni uno capaz de decírmelo.
Busqué software que me lo resolviera. Todos se quedaban a mitad de camino: o eran carísimos, o resolvían una parte, o me obligaban a meter los datos otra vez a mano. Y una vez pagué 42.000 € por un programa que nunca llegó a existir. Esa lección me enseñó cómo no se trabaja, y por eso hoy lo hago al revés: nada de un pago grande por adelantado contra una promesa. El proyecto se parte en entregas cortas, y en cada una ves funcionando lo que has pagado.
Así que me puse a construirlo yo, empezando por donde más sangraba: el margen real. Hoy cada línea de pedido lleva su beneficio congelado en el momento de la venta — con comisiones, portes y devoluciones ya descontados — y sé al instante si algo se está vendiendo por debajo de coste.
Después vino la barbería. No quería otra aplicación de reservas: eso ya existía. Quería que no se me fuera la caja. Hoy me llega un aviso al móvil si alguien cobra un servicio por debajo de tarifa, la comisión se congela en el momento del cobro y veo la rentabilidad por hora de silla.
Y después la inmobiliaria: captación automática desde los portales, cruce de oferta y demanda y avisos por WhatsApp. Cuatro herramientas sustituidas por una.
Por el camino aprendí lo que de verdad vale: el problema casi nunca es el software. El problema es que nadie ha puesto un número a lo que duele. Y que encontrar la fuga suele ser más rentable que vender más.
Y una cosa que sí te importa: el que se sienta contigo soy yo, y el que mira tus números soy yo. No vas a acabar explicándole tu negocio a un comercial.
Años de empresa me avalan. No un curso.
Richard Adrada
Casi todos los problemas de una empresa que ya factura son el mismo problema: la información está repartida en cinco sitios y nadie la junta. De ahí sale que no sepas tu margen, que se pierdan horas pasando datos a mano y que la mitad de los programas que pagas no se hablen entre ellos.
Nunca empiezo por el código: empiezo por sentarme contigo. Y cuando ya sabemos qué hay que resolver, esto es lo que puedo poner en marcha — todo lo tengo funcionando en algún sitio.
Lo primero y lo más importante: entender cómo ganas dinero, dónde lo pierdes y qué hay que construir. Y qué no.
Margen real por producto, por pedido, por empleado y por canal. Con todo descontado, no el margen teórico.
Que el programa te avise cuando algo se sale de lo normal, y que el resumen del día te llegue solo.
Lo que hoy haces copiando y pegando: pasar pedidos, generar informes, avisar a un cliente, actualizar precios.
Pedidos, stock y precios sincronizados sin pagar un intermediario cada mes por cada canal.
Clientes, operaciones y seguimiento con tus estados y tus reglas. No los de un programa genérico.
Que atiendan, resuelvan dudas y te dejen el contacto cualificado. También por teléfono, con voz.
Traer oportunidades de donde estén, filtrarlas y que te lleguen ya cualificadas al WhatsApp.
Trabajo con lo que ya tienes. No hace falta tirar nada ni cambiar de programa:
No te voy a pedir que cambies de programa contable, ni de CRM, ni del sistema con el que llevas trabajando quince años. Sé el pánico que da tocar eso —yo también lo he sentido— y casi nunca hace falta.
Los programas que se venden por suscripción están hechos para cincuenta mil empresas a la vez. Y ahí está su límite: si te hicieran caso a ti, romperían a las otras 49.999. Por eso siempre llega el momento en que dices «esto casi lo hace, pero le falta algo». Ese "le falta" es justo por donde se te escapa el dinero.
Facturas, impuestos y un pérdidas y ganancias correcto.
Contabilidad analítica de verdad: qué gana cada local, cada línea de negocio o cada canal por separado. Ni un plan de cuentas montado como piensas tú.
Guardar clientes, contactos y oportunidades.
Cruzar esos clientes con lo que realmente te dejan, con tu stock o con tu operativa del día a día.
Emitir, numerar y enviar facturas.
El margen real de cada venta, con comisiones, portes, embalaje y devoluciones ya descontados.
Cobrar y cuadrar la caja al cerrar.
Avisarte en el momento de que alguien ha cobrado un servicio por debajo de tarifa.
Traerte pedidos y liquidarte cada quince días.
El beneficio neto que te queda de cada canal después de su comisión. Eso no te lo van a enseñar nunca.
Esto no es otro CRM en el que hay lo que hay y te apañas. Es la pieza que te falta, hecha para cómo trabajas tú.
Nos sentamos. Me cuentas cómo funciona tu negocio y qué decisión no puedes tomar hoy por falta de números.
Entro en tus datos y te digo dónde se te va el dinero, euro a euro, con el informe delante.
Tu panel, con tus datos, funcionando. Por entregas cortas, sin un pago grande por adelantado.
Mantenimiento y evolución, para que el panel crezca al ritmo del negocio.
Sé por qué desconfías. Yo pagué 42.000 € por un programa que nunca llegó a existir.
Si la auditoría no localiza al menos el triple de lo que cuesta, no la pagas. Y el informe es tuyo igualmente. Antes de empezar firmamos una hoja de encargo de una página, para que los dos sepamos a qué atenernos.
El proyecto se parte en entregas pequeñas: cada una se contrata y se paga al empezarla, y la ves funcionando al terminarla. Si una no te convence, paramos ahí y no debes nada de lo que queda.
El software es tuyo y vive en tu casa. No te secuestro los datos ni te ato a una licencia mensual eterna.
El mantenimiento se cancela cuando quieras. Si hace falta un contrato para retenerte, es que el producto no vale.
Ni una cosa ni la otra. Es software hecho a tu medida que lee los datos que ya genera tu negocio y te los enseña con sentido. Uso inteligencia artificial y automatización donde aportan de verdad —leer documentos, clasificar, atender consultas, hacer tareas repetitivas sin que nadie las toque— pero no te vendo «IA» como si fuera magia.
Si tu problema se resuelve con una consulta bien hecha a tu base de datos, te lo resuelvo así y te cobro menos.
Casi nunca. Tu programa de gestión hace su trabajo y normalmente conviene dejarlo donde está. Lo que hago es sacar sus datos y ponerlos a trabajar, y cruzarlos con lo que hoy vive fuera: el Excel del margen, las comisiones del marketplace, las hojas de horas, el banco. Si al final resulta que sí merece la pena sustituirlo, te lo digo — aunque signifique menos trabajo para mí.
Depende de lo que haya que construir, y no te lo voy a decir a ojo en una web. Lo que sí te garantizo es cómo lo vas a saber: después del café te doy una horquilla, y después de la auditoría te doy un precio cerrado por escrito. No empiezo nada sin que sepas el número final.
Y no cobro por horas: cobras por entregas, así que si tardo más, no te cuesta más.
En tu servidor, con tus claves. El código es tuyo desde el primer día. Firmo confidencialidad antes de ver un solo dato y trabajo con accesos de solo lectura mientras estoy auditando. No hay ninguna nube mía en medio de la que dependas.
Es la pregunta correcta, y la que yo haría. Por eso todo lo que entrego va en tu servidor, documentado y sin piezas raras: tecnologías estándar que cualquier programador entiende. Si algún día quieres llevártelo a otro sitio o que lo mantenga otro, puedes hacerlo sin pedirme permiso. Es exactamente lo contrario de lo que me hicieron a mí.
Sí. El trabajo es remoto salvo el primer café, que si estás cerca prefiero tomarlo en persona y si no, lo hacemos por videollamada. En Málaga y la Costa del Sol puedo pasarme por tu negocio; fuera de ahí, todo funciona igual de bien por pantalla.
Si facturas menos de 150.000 € al año, probablemente todavía no: con una hoja de cálculo bien montada te vale, y te lo diré en el café en lugar de venderte algo. A partir de ahí, cuando ya hay varios canales, empleados o proveedores de por medio, lo que se te escapa suele pagar el proyecto en menos de un año.
Ocho preguntas de un clic. No tienes que subir ningún dato tuyo: con lo que me cuentes te enseño qué verías y cuánto se te puede estar escapando.
Escríbeme y en diez minutos te digo si puedo ayudarte o no. Si no puedo, te lo digo igual.
Si asesoras empresas, esto te sonará: entregas un plan estupendo y se muere en un PDF, porque nadie sabe ejecutarlo. El cliente pide tres presupuestos a informáticos que no entienden su negocio y acaba por no hacer nada. Y el que queda mal eres tú, no ellos.
Tú eres consultor de negocio. Yo soy el consultor tecnológico que además construye. No competimos: nos completamos.
No doy consejos de gestión, ni fiscales, ni legales. Ese es tu trabajo. El cliente es tuyo antes, durante y después.
Si algo sale mal, respondo delante de tu cliente. Y siempre empezamos por algo pequeño y corto, nunca por un proyecto de seis meses.
Por referido, entrando juntos al diagnóstico, o en marca blanca a tu nombre. Tú eliges el modelo y acordamos el reparto por escrito.
Y algo que puedes regalar: una sesión de diagnóstico gratuita para el cliente que tú elijas. Queda bien contigo, y yo entro por la puerta grande.